Odio la Playa… ¿En Serio?

6.5.19

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¡Hola! Se que a algunas os voy a decepcionar, pero tengo que ser clara: odio la playa.


Eso sí, quiero precisar que no albergo ningún tipo de hostilidad hacia las playas en general. De hecho, no hay nada malo ni feo en su paisaje y más al atardecer; y me encanta el océano lleno de animales hipotéticamente adorables, ¡eso sí!, que hay que preservar y luchar contra su extinción.

Lo que me da aprensión es la tradición de la playa. Esos puentes y días festivos de viajes y carreteras atestadas y lo que significan y lo que requieren de mí. Empiezo con el deseo de relajarme con entusiasmo con una imagen idílica mía en una tumbona maravillosa, con un traje de baño estupendo, leyendo mientras la brisa del mar me acaricia. Pero, termino dentro de lo que puedo describir como un horno lleno de gente al tostadero tras un interminable atascamiento de viaje de cuatro ruedas con los nervios destrozados.

Y es que mi relación con la playa se podría catalogar como mi relación con los helados de Magnum: me altera el deseo durante diez minutos, seguido rápidamente de arrepentimiento.

Por otro lado, ¿alguna vez habéis intentado leer un libro en la playa? Es un ejercicio para elegir el menor de los dos males: una línea de bronceado con forma de libro y brazos doloridos, o una espalda quemada por el sol con los codos destrozados. ¡Y lo mejor es que hay toda una categoría de libros destinados a leer en la toalla! Solo puedo imaginar que este género está reservado para temas alegres porque el proceso requerido para consumirlos no tiene nada de alegría.

Precisamente creo que esta es la teoría que explica por qué nadie me invita a Formentera, y es porque mi pasatiempo favorito de las vacaciones es leer a la sombra, y a ser posible en un jardín. O eso, o nadie me quiere.

En cuanto a la relajación, las siguientes mejores opciones son pasear por la orilla (difícil si hay obstáculos que salvar constantemente por el camino), o tomar una cervecita en el chiringuito (si consigues que te atiendan o que la cerveza llegue fría), o simplemente quedarte tumbada al calor (sin diferencia alguna con un pollo asado). Y ahora que lo pienso, ¿habéis intentado mirar la hora del reloj bajo el sol ardiente?, una tarea casi imposible.

Lo que sigue a continuación es preguntarme si me estoy quemando (algo que nunca se sabe hasta que se oculta el sol y te empiezas a arreglar para salir por la noche), si me baño con las gafas de sol (la sal y el yodo pueden hacer de las suyas), si la bolsa o cesta de la playa son buenas almohadas (complicado), si hay arena en el tapón de la crema (incomprensiblemente siempre hay), si la botella del agua se cae y te arruina la sed (definitivamente) y cuánto tiempo ha pasado desde que has montado el chiringuito para irte al frescor de la piscina.

16 minutos.

Y todo esto por no hablar del tema de la arena porque podría escribir una disertación sobre lo inconveniente que es tumbarse sobre ella, correr y jugar con miles de millones de pequeñas piedrecitas cuyo imán por los sándwiches compite con su amor por las cavidades humanas.

En fin, tampoco me hagáis mucho caso. Igual necesito aprender a relajarme o visitar a un terapeuta. Realmente me gusta la playa en teoría. Soy una quejica o una revientaplanes o… ¿no será que todo el mundo miente un poco sobre lo genial que es la playa?

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Eso sí, ¡me encanta la ropa de baño! – Adelante con las tendencias  

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¡Hasta el miércoles!


Imagen superior vía The Sun