Vacaciones en la nieve

24.10.18

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¡Hola! Hace años conocí a un chico por el que me pirraba. Cuando fuimos novios, me advirtió de inmediato. Cada año, justo después de Año Nuevo había que pasar, mínimo, una semana de vacaciones en la nieve. Como quería complacerle… "¡Genial!", pero qué horror.

Él tenía un apartamento en Benasque, donde TODO el mundo estaba invitado. Enfrente, sus primos, que eran adorables, y donde TODOS también estaban invitados. Y si no se cabía, no importaba porque justo al lado estaba el apartamento de los padres, prestos por hacer que las vacaciones de sus hijos fueran inolvidables.

Al principio, me lo tomé bien. Bueno, no estaba tan mal. Estaría al solecito en la terraza del bar de la estación, viendo las piruetas de mi amor en la distancia. Estaba guapísimo sobre la nieve.

Pero llegó mi primer regalo: una tabla de snow Nitro, que según él era fantástica. No podía ser un monedero de Loewe; no, tenía que ser una tabla de snowboard. Y eso me obligaba a irme a la nieve con en él, y seguir a su grupo de amigos y familiares salvajes para descender las montañas como los bárbaros.

Afortunadamente en la pandilla había una chica, una buena chica de la que me hice amiga a la que le gustaba broncearse, beber caldito caliente y salir de las pistas para dar largos paseos. Ella me entrenaba, me estimulaba, me llevaba por las pistas verdes para principiantes y estaba pendiente de mis esperpénticas bajadas del remonte. Hasta que un buen día desapareció sin saber por qué. Igual se hartó de mí y se aburrió de mis escasos avances.

Tras mi primera semana de humillación y unas cuantas clases sobre la tabla de snowboard en Valdesquí, al año siguiente, más equipada como debiera, creía que ya estaba lista para atacar la pista roja. El primer descenso sobre una maravillosa nieve en polvo se me dio bien. Mi amor estaba más enamorado de mí que nunca, y eso que no podía estar más fea con las infinitas capas blancas de Labello en los labios.

Ese orgullo de novio fue breve. Como siempre, aparece el típico bravucón y sus grandes ideas. 
“¡Vamos, te enseñaremos un descenso sublime!”.

- ¡Sí! vamos al telesilla de allá arriba!
- Eeehh, ¿te refieres a ese remonte allá olvidado al que casi nadie sube?

Ante mí, una pista helada de unos treinta centímetros de ancho con grandes rocas a los lados. Y de repente, todos gritando como monos lanzándose al vacío.

Mi amor que se gira para ver si le sigo, tragar saliva como si fuera una albóndiga entera, cerrar los ojos, lanzarse detrás y que sea lo que Dios quiera.

Y lo que Dios quiso fue ¡¡CATAPLUN!!!

¡¡¡Un pino!!! ¡Me di de bruces contra el árbol! Medio enterrada bajo tres metros de nieve, todos deslizándose pendiente abajo, y yo sola, aturdida y atorada. Confieso que lloré de la desesperación. Grité y maldecí a mi amor en tres generaciones.

De repente, veo pasar a un esquiador. ¡MADRE DE DIOS! También lo insulto a él y a todos los esquiadores del mundo. Se detiene, me mira y empieza a subir. La verdad es que tengo frío y miedo. Sube para salvarme y ayudarme a bajar. Un señor mayor, un encanto.

Ya abajo. Todos calentitos alrededor de la chimenea del bar con cervezas en la mano y pavoneándose de sus hazañas. Por lo visto yo  no existía. "¡Hombre!, ¿de dónde sales?"

No hubo palabras. A partir de entonces, chico que conocía, chico que preguntaba: “Tú no esquiarás, ¿verdad?”.


¡Hasta mañana!


Imagen vía Pinterest